Extraordinaria rutina

un atardecer de un día cualquiera al volver del trabajo

Como ocurre casi siempre, aquello de nuestro día a día, aquello que forma parte de nuestra rutina, es lo que menos solemos apreciar. Tal vez por su simplicidad, por su sencillez, o quizás por el mero hecho de que siempre ha estado ahí. Tal vez por eso no vemos lo extraordinario de su existencia, de su presencia.

Como ejemplo podemos poner miles: el amanecer o el atardecer, que todos los días tenemos uno de cada y todos los días son preciosos, incluso esos que no se “ven”. No necesitas estar en lo alto de una cumbre ni en la orilla del océano para deleitarte con ese admirable evento que es la salida o la puesta de sol.

Pensad, sencillamente, en todo lo que nos encontramos de camino al trabajo, a casa, al gimnasio, a la compra… Algo a lo que hemos dejado de dar la inmensa importancia que tiene. Nuestro cuerpo. El hecho de poder contar con todos los órganos de los sentidos, y de tener todos nuestros miembros (no carecer de ninguno, vaya), nos lleva a hacer un uso de ellos irreverentemente simple y corriente. Me explico:

Nuestros ojos. Los afortunados que podemos contar con ambos y en buenas condiciones, no somos plenamente conscientes de todo lo que esto supone. Esos colores del cielo, de la naturaleza, del sol… ¡La luz! Poder contemplar a tus seres queridos, sus gestos, sus miradas… ¡La diferencia entre ver y mirar! Contemplar …

Nuestros oídos. Sinfonías deliciosas de exaltación y gozo. Parte esencial de la comunicación. ¡Música! Esos sonidos del mar, de la vida… La voz de tus seres queridos. ¡Susurros!

Nuestra boca. Hablar y que te escuchen. Poder expresar lo que sientes. ¡Comunicar! Saborear y deleitarse con el gusto… Decir te quiero, te amo… ¡Besar!

Nuestras manos y el sentido del tacto. Sentir caricias y besos. ¡Acariciar! Tocar y ser tocados. ¡Doler! Percibir el roce, la sensualidad convertida en tersura. ¡Abrazar!

Poder caminar, correr, saltar … Coger cosas, sentir el tacto de los demás, agarrar con fuerza para ayudar, sostener en tus brazos un bebé…

Todas estas sencillas cosas, a veces aparentemente simples, forman parte de nuestra (extraordinaria) rutina diaria, y tal vez por eso les prestamos menos atención y les damos menos valor del que tienen. Y ahí está la clave. Nuestra rutina está repleta de grandes maravillas, a las que no les concedemos el valor que realmente tienen.

Aquí y ahora, disfruta, siente, VIVE todo lo extraordinario que tienes y que te rodea.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *